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La calentura del tercero

Aceptaste la mano del chico y éste te arrastró fuera de la pista de baile. Comenzaste a moverte entre la gente y la oscuridad, buscándome. No me encontrabas y maldijiste en silencio la velocidad a la que te llevaban.
-Más despacio, corazón…

El chico giró y te sonrió. Y obedeció solícito. “Dios”, pensaste. ”¡Qué sonrisa!” Y sentiste cierta calentura. Pero también preocupación porque no encontrabas lo que buscabas.
“Jaime, ¿dónde te metiste…?”

Me habías pedido que te trayera una cerveza bien fría. La aclaración “bien fría” significaba “mi amor, dame tiempo que quiero que juguemos un ratito con este bombón”.
La realidad era que la palabra clave no hacía falta. Nos entendíamos a la perfección, como si nos leyéramos.

Pero bueno, no me encontrabas y el chico ya estaba llegando a los reservados. Me conocías lo suficiente como para saber que aunque no estaba previsto, no me iba a enojar si te salías un poco del plan. Jugar también era improvisar. E improvisar era algo que a ti cada vez te gustaba más. El problema era que yo no te iba a encontrar en la pista, y quizá pensaría que te podría haber pasado algo. A veces me preocupaba demasiado por esas cosas.
Buscaste tu móvil y lo pusiste en silencio. Cuando yo me preocupara en serio, te llamaría.

Por otro lado…

Sonreíste divertida. “Por otro lado –pensaste- va a ser divertido que Jaime me busque por todo el local creyendo que estoy bailando, y me encuentre en el reservado matándome con éste guapo chicarrón…”

El chico te agarró de la cintura y te apretó un poco para pasar entre una barra y un grupo de gente. Me buscaste por última vez. Dos metros más allá y estaríais fuera de mi alcance.

-¿En serio ese tipo era tu amante? ¿No es muy grande para ti?

Entraron al muy oscuro reservado, el chicarrón siempre tomándote de la cintura. Viste que había varias parejas pero de pronto te sorprendió un sillón con una sola persona.
-¿Uno solo…? –miraste bien y adivinaste mi silueta y mi forma de sentarme. Sonreíste desde tu alma y fue como si el sol te iluminara. Tenías ganas de ir corriendo a darme el mejor de tus besos, pero no podías. Volviste a sonreír. Ese beso se lo llevaría el chico lindo que habías elegido para jugar.-

Sin soltarte de la mano, lo llevaste al silloncito que estaba enfrente mío. La oscuridad era nuestro cómplice. Y la desesperación del muchacho, una ayuda inestimable.
Te cruzaste de piernas deseando que yo te espiase. Te gustaba lucirte para todos, pero te fascinaba mostrarte para mí en momentos en que yo no podía hacerte nada.

Y claro que te espiaba. Estabas delante mío y encajada en esa cortísima minifalda que recién ahora entendía por qué habías insistido en ponerte esa noche. Se me paró la verga nada más de saber que habías premeditado con tanta anticipación esa jugada. Además, recordaba qué llevabas puesto debajo de esa minifalda.
Me habías obligado a ponerte una micro tanga negra que te quedaba tremenda. Tuve que ponerme de rodillas y pedirte que subieras primero una pierna y luego la otra, y con paciencia infinita y calentura mayor, te fui subiendo la tanguita casi sin tocarte nada. No poder tocarte las noches que salíamos a jugar se estaba convirtiendo en una costumbre cada vez más excitante.

Se puso a apretar descaradamente. El chicarrón fue casi inmediatamente a tus piernas desnudas tratando de meter mano por debajo de la falda. Tú lo agarrabas también de todos lados y tratabas de acomodarte en el asiento para que metiera la mano más profundamente. Aquel ambiente nos recordaba a ambos las primeras citas, donde ibamos a locales oscuros y nos metiamos mano.  ¿Lo recuerdas?

El chicarrón comenzó a magrearte las piernas y los pechos. Sus besos eran apasionados. O calentones. Te estabas excitando pero el chico iba un poco demasiado rápido para tu gusto. Además, te preguntaste cómo lo estaría pasando yo. Aunque confiabas que bien o muy bien, siempre te fastidiaba tener que esperar a vernos después para preguntarme y estar segura. Igual, por experiencia, ya sabías que si te veía disfrutando, yo disfrutaba a la par.
Miraste por sobre el hombro de tu amante, buscándome en el silloncito de enfrente. Y me viste.

Un flash de luz dio por un segundo sobre mí y viste que tenía disimuladamente una mano sobre mi bulto, por sobre el pantalón. Eso te calentó más de lo que te habías calentado hasta ahí. Tenías ganas de hablarme, de besarme, de mimarme. Pero también tenías muchísimas ganas de que ese chico te manoseara, te besara y te usara. Para disfrute tuyo, mío y suyo. Un trio donde él no era consciente de participar. Querías todo a la vez y hubieses pagado para poder decirme: “amor, vas a tener que esperar porque ahora le toca a él…”
Deseaste que te hubiese leído el pensamiento y te zambulliste en sus brazos que te manoseaban todo el cuerpo.

Deliberadamente me ignoraste. Te dedicaste a disfrutar del juego en toda su dimensión. Sus dedos te recorrían toda pero cada vez se quedaban más bajo tu minifalda. Lo dejaste hacer. Trataste de ponerte bien para que yo pudiera ver mejor. El chicarrón comenzó a coparse con tu sexo húmedo.
Comenzó a meter un dedo y sacarlo, luego a volver a meterlo y jugar. Tu coño ya estaba totalmente empapado y comenzabas a gemir mientras os besabais con los ojos cerrados.
-Uhhh…

El primer “uhhh” casi me pone la verga en la garganta, tal la erección que me provocó. Mi boca comenzó a secarse sin remedio y tu seguías con tu hermosa melodía:
-Ahhh… Sí…

Te estabas abandonando al placer y el chicarrón lo sabía. Comenzó a mover más y más e incursionó en tu sexo sin que ofrecieras una mínima resistencia.
Cuando te apoyó un dedo en el ano pensaste inmediatamente en mí. Una ola de calentura extrema te invadió. Y le dijiste fuerte, más para mí que para él:
-Ahhh, no…

El chicarrón sonrió porque mientras le decías que no, acomodabas tu culo para que su dedo entre más fácilmente.
-No, el coño… nohhh… uhhh…
Pero te acomodabas mejor y te enterrabas el dedito un poco más.
-Sí, preciosa… -te decía él.- El culo, sí…

Yo estaba tan duro que ya había sacado la gotita de líquido pre seminal y la sentía en mi boxer. No sabía cómo acomodarme para gozar mejor del espectáculo que me daba mi caliente esposa.

-No… -insistías sin ninguna convicción. Y agregaste mirándome directamente a mí sin que él se diera cuenta:- A mi marido no le dejo… Así que no deberías…
Pero te seguías enterrando más y más el dedito. El chicarrón también aprovechaba para meterte otro dedo en el coño empapado. A veces lo sacaba y te magreaba las tetas. Te besaba todo el tiempo y en un cambio de posición lograste quedar hacia fuera del sillón, dejándolo a él adentro.

Hacía rato que querías quedar así. Los silloncitos que estaban enfrentados se separaban por muy corta distancia y era fácil estirar las piernas y buscarme. Yo lo advertí y también me estiré. En la oscuridad del local nuestros pies permanecieron unidos mientras el chicarrón te enterraba el segundo dedo en el culo y te hacía gozar de una manera absolutamente perversa y libre.
La calentura era demasiada. Le dijiste: -No aguanto más. Voy al baño y cuando vuelva, preparate.

Así que te fuiste al baño. Pero yo sabía que ya no volverías. Así que unos minutos después me levanté a buscarte a la puerta del local.
Nos íbamos en el auto a la velocidad de la luz. No hacía falta calefacción. La temperatura que llevábamos era suficiente. Yo no sabía si hablar o callarme. A veces te gustaba hablar y comentar todo, pero a veces te ponías en tu rol de reina-diosa y negabas hablar nada hasta llegar a casa.

A mitad del camino silencioso me diste una pista:
-Jaime, hoy me vas a adorar toda la noche cómo nunca en la vida…
-Sí, mi amor… -dije con la verga dura como un garrote.
-Y si te portas bien, solamente si te portás bien, vas a tener el privilegio de poder follarme…
Cruzamos la puerta del departamento y ya sabías lo que venía. Dijiste irónica:
-¿Quieres que me pegue una duchita, amor…?

Por toda respuesta tiré tu cartera y mis llaves lejos y te apoyé contra la pared. Te tomé de los muslos desnudos por la corta minifalda y me arrodillé ante ti dispuesto a adorarte y rendirte tributo.

Te levanté apenas la mini y me zambullí en tu entrepierna con hambre y devoción. Salvajemente. Como un animal. No te estaba haciendo sexo oral. Te estaba comiendo tu sexualidad y tu vitalidad de hembra. Era como comerme tu emputecimiento. A tu frivolidad y corrupción. De día adoraba con mimos todas tus virtudes, pero ahora adoraba todos tus pecados.

Me tomaste de los cabellos y levantaste la vista hacia el cielo, cerrando los ojos.
-¿Te gustó mi amor…? –me decías.- ¿Te gustó verme mientras otro me hacía de todo…?

Mi rostro se metió más dentro tuyo, si eso era posible. Y disfrutabas ese arrebato de pasión incontrolable con la satisfacción de saber que lo habías provocado todo.
-Mi amor… -me dijiste, y me apartaste levemente.

Te diste vuelta y te pusiste contra la pared, sacando el culo hacia fuera y poniendo carita de nena triste.
-El bruto ese me metió dos dedos en el culo y me hizo arder… duele…
Y sabías ya lo que venía. Y lo disfrutabas por adelantado.

La pasión animal desapareció como por arte de magia. Inclinaste tu cara hacia la pared, dándome la espalda totalmente. Yo te moví la tanguita negra hacia un costado. Con ternura te tomé las nalgas y acerqué mi rostro despacio.

Con la mayor de las dulzuras y el mejor de los cuidados traté de aliviar con mi lengua los dolorcitos que te había hecho ese bruto. Una y otra vez. Una y otra vez…
Tu me guiabas sonriendo: “así, mi amor… así…”, “más adentro, mi amor… me duele mushhhio…”
Y disfrutabas y disfrutabas… La pasión. La ternura. Los cuidados.

Terminábamos abrazados en la cama, cansados, felices. Plenos. Cada uno daba lo suyo y recibía justo lo que necesitaba del otro. Era perfecto. Mañana sería otro día. Mañana sería otro juego.

Perverso o cotidiano, no importaba. Sabías que siempre terminarías tu día dormida sobre mi pecho abrazados.